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5 dictadores latinoamericanos que estaban locos, locos, relocos 

Por: Byron McSutton | 19 de octubre de 2011 |  vistas

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Latinoamérica es la cuna de lo real-maravilloso, el realismo mágico y otros géneros literarios que retratan lugares perfectamente comunes y corrientes donde ocurren cosas verdaderamente increíbles. Autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez han cautivado al mundo con este estilo. Pocos fuera del subcontinente se imaginarían, sin embargo, que hemos tenido personajes gobernándonos que han sido tan, sino más, extravagantes como los personajes de ficción

 

#5. Antonio López de Santa Anna (México)

Si hay una relación directa entre la longitud del nombre del sujeto y el grado de locura que este posee, entonces Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón debe haber sido un orate completo. El mismo hecho de que este militar, quien fue presidente cuando México perdió la mitad de su territorio ante Estados Unidos, haya decidido usar el apodo “Napoleón del Oeste” es bastante indicador de su ligeramente desviada percepción de la realidad.

 

Aunque este es un Napoleón al cual sí estaríamos dispuestos a apoyar.

Antonio López de Santa Anna estuvo involucrado en los avatares políticos y militares de México desde antes de su Independencia. En el México independiente participó de innumerables guerras civiles y golpes de estado, además de alcanzar la presidencia en numerosas ocasiones durante las cuales reprimió cruentamente a sus oponentes. Pero los constantes cambios de bando político (fue realista, insurgente, liberal, conservador, monárquico y republicano en diferentes momentos), la adicción a los juegos de azar, el ejercicio liberal de la violencia, y encima hacer que se dirijan a él como “Su Alteza Serenísima” después de proclamarse dictador de por vida son extravagancias relativamente pequeñas en la América Latina del siglo XIX. Santa Anna hacía todo a lo grande: tanto sus derrotas con Estados Unidos/Texas como su acto mayor de locura fueron de proporciones épicas.

En 1838 los franceses invadieron el puerto de Veracruz, y Santa Anna se puso al mando de las fuerzas mexicanas. En uno de los enfrentamientos sucesivos el “Napoleón del Oeste” fue herido en la pierna, la cual tuvo que ser amputada. Hasta ahí no hay nada que no ocurriera todos los días en los campos de batalla del siglo XIX. Y ahí entra la locura.

Santa Anna le organizó un funeral de Estado a su pierna. A su pierna. Con velatorio, misa, llanto, entierro y todo.

 

Nos imaginamos que así debe haber sido su lápida. Cualquier otra cosa sería demasiado demente.

En una de las varias ocasiones en que cayó en desgracia, el pueblo fue a la tumba de su querida pierna y la desenterró, cometiendo todo tipo de fechorías con ella. Para su mayor desgracia, la pierna prostética que usó por varios años fue capturada por los estadounidenses en la guerra de 1846, y la han guardado como trofeo desde entonces. Una verdadera desgracia.

 

Por fortuna no necesitó de su pierna para su posterior, y muy exitosa, como guitarrista/hippy viejo.

 

#4. Mariano Melgarejo (Bolivia)

 

Si especificamos que Melgarejo (1864-1871) era probablemente el más bárbaro de la época de conocida como la de los “caudillos bárbaros” en la historia boliviana, sabemos que debe ser un locazo. Y lo era. Conspirador perpetuo, llegó al poder por medio de un sangriento golpe de estado, y cuando otro caudillo tomó el Palacio de Gobierno para hacerle lo mismo, Melgarejo entró, lo mató a balazos y sacó su cadáver al balcón. Al verlo, una multitud que gritaba “¡Viva Belzú!” tuvo que empezar a gritar “¡Viva Melgarejo!”. En medio de todo, los bolivianos, conscientes de la psicosis de su dictador, optaron por lo seguro.

 Esos ojos... esos ojos... ¡está loco!

Pero su sed de sangre no era el límite de su locura. Estipuló ciertas condiciones para que las comunidades indígenas pudieran preservar sus tierras, pero no le hizo difusión alguna al decreto. En consecuencia, les expropió todas sus tierras, y se las repartió a sus amigotes. Los indígenas fueron masacrados sin piedad. Asimismo, toda oposición por parte de los sectores ilustrados de la sociedad boliviana era suprimida a sangre y fuego.

Hasta este punto quizá uno pueda decir que Melgarejo no era más que el típico militarote latinoamericano. Pero donde mejor demostró su demencia fue en su alcoholizada política exterior y conocimientos geográficos. Según cuentan sus contemporáneos, durante una de sus muchas borracheras concluyó que el Reino Unido había ofendido mortalmente a Bolivia, y que él y su ejército tomarían represalias con un medio radical, pero efectivo: una invasión. Sacó a su ejército de La Paz y se pusieron a marchar. Cuando le señalaron que Bolivia no tenía salida al mar (que en realidad sí tenía en ese momento, pero ya llegaremos a ese punto), Melgarejo dictaminó que podrían salir por Perú. Acto seguido, le indicaron que Inglaterra era una isla y que Bolivia no tenía barcos a su disposición, Melgarejo dio con una solución muy sencilla: sus soldados nadarían hasta dar con Inglaterra. Cuando tu locura supera la de Napoleón y Hitler definitivamente estás jugando en las grandes ligas.

En otra borrachera, decidió que él debía defender París de las huestes alemanas durante la guerra franco-prusiana. En este caso concluyó que no era necesario nadar para llegar a Francia, ya que tomarían un atajo por la selva (¿?). Y en otra ocasión, se sintió tan agradecido por un caballo que le regaló un diplomático brasileño, que procedió a cederle a Brasil un enorme trecho de selva boliviana. Un territorio en forma de herradura. Loco.

Fue durante el gobierno de Melgarejo que Bolivia firmó el confuso tratado de límites de 1866 con Chile, tras el cual los chilenos lo declararon general de división honorario del ejército chileno. Este fue el tratado cuyas ambigüedades hicieron que se tuviera que firmar otro, en 1874, el cual a su vez terminó desencadenando la guerra del Pacífico, en la cual Bolivia se quedó sin salida al mar. Gracias Melgarejo.

Realmente, gracias. 

Quizá una última medida de la frágil relación que Melgarejo tenía con la realidad sea el que después de derrocado, habiendo quedado reducido a la miseria, exigió que Chile le pagara su sueldo de general.

 

#3. Francisco Solano López (Paraguay)

 

Si alguien merece el apelativo de loco furioso, es Francisco Solano López, dictador de Paraguay entre 1862 y 1870. Quizá el hecho de ser el hijo de otro dictador que lo ascendió al rango de general de brigada a la tierna edad de 18 años hizo que se desequilibrara un tanto, al punto que se mandó hacer una réplica de la corona de Napoleón (para usar por la casa y en bautizos, asumimos).

 

Un método comprobado de hacer las cosas.

Pero hasta ese punto no es más que un dictador extravagante como tantos que hemos tenido en América Latina. Los acontecimientos que llevaron a la guerra del Paraguay, o guerra de la triple alianza, entre 1864 y 1870 son los que nos hacen pensar que López fue quien inventó la mezcla explosiva entre la “furia” y la “locura”.

Resulta que López era aliado del gobierno de Atanasio Aguirre en Uruguay, el cual se vio amenazado por Brasil. Ante ello, López, dictador de uno de los países más pequeños de Sudamérica, le advirtió a Brasil, el país más grande de Sudamérica, que no se metiera con Uruguay. Brasil no hizo caso y procedió a invadir Uruguay de todas maneras, lo cual provocó que López declarara la guerra. Oye, eso no es ser loco, es ser buen amigo, quizá digan ustedes, y puede que tengan algo de razón. Pero también es cierto que ante esa situación la mayoría de nosotros (que asumo que estamos cuerdos) declararía la guerra, y después cruzaría los dedos con la esperanza de que no nos caiga el machetazo. Pero no, eso no era suficientemente loco para López. No solo declaró la guerra, sino que invadió buena parte de lo que hoy es el estado de Matto Grosso do Sul. Un área que probablemente haya sido del tamaño de Paraguay en ese momento.

Pero McSutton, eso no es estar loco (furioso quizá sí), eso es tener huevos. Sí, definitivamente, de eso no hay duda. Acá es donde la cosa se pone loca y furiosa. A López no le bastaba con haber invadido Brasil, sino que también quería mandar tropas a pelear con los brasileños en el mismo Uruguay. El único problema que tenía era que Argentina estaba en el camino, así que tuvo que primero pedir permiso para pasar, permiso que Argentina negó. Pero como a López no le bastaba estar en guerra con el país más grande de Sudamérica, decidió que sería una buena idea meterse también con el segundo país más grande, e invadió a Argentina también. La resultante alianza entre Brasil y Argentina se redondeó con el nuevo gobierno de Uruguay.

 

Paraguay: “Argentina, si no disimulas tu erección, te la corto”.

Siguieron varios años de muerte y destrucción, durante los cuales López llegó a sufrir de una paranoia enfermiza. Esta le llevó a creer que todos querían atentar contra su vida, y mandó matar a medio mundo, incluyendo a sus hermanos, sus cuñados y nueve de cada diez empleados públicos. Pero como madre solo hay una, a ella solo la mandó azotar por haberlo parido fuera de matrimonio.

Después de varios años de guerra, López finalmente murió en la batalla de Cerro Corá, junto a su hijo de 17 años (que había sido ascendido a coronel, lógicamente) y rodeado por una banda famélica de niños y ancianos a los cuales él se refería de forma hitleresca como “ejército”. ¿El costo de tanta locura? La friolera de entre 60% y 70% de la población de Paraguay, y casi todos sus hombres adultos.

 

¡Agarren al loco!

 

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